Cáceres en sus piedras

AULLONES Y MARIMANTAS DE CÁCERES II

 

Sigue a Aullones y marimantas de Cáceres I

Los aullones y los marimantas eran artificios a modo de fantasmagóricas puestas en escena, usados para aparatosas y formidables mofas, de las que de algunas se guarda aún triste recuerdo, pues acabaron de mala manera. También, por lugareños infieles o por ladrones de honras interesados en ahuyentar al temeroso vecindario y rondar a amantes sin otro cuidado.

Después de las campanadas que anunciaban la medianoche, el aullón salía por las callejuelas intramuros, vestido con una sábana blanca y portando una vela o un farol. En ocasiones, arrastraba cadenas para favorecer el espanto que su sola visión provocaba. Acompañaba su caminar con estridentes aullidos proferidos a través de un canuto de cartón, o con una bocina que, movida por una manivela, erizaba la piel de quien lo escuchara, resonando como susurros tenebrosos gracias a los ecos de unas calles oscuras y vacías. Otras veces, el aire macabro del disfraz era aún más magnífico, pues todo el aparato anterior lo coronaba una olla agujereada, en aberturas que simulaban ojos; dentro frecuentemente ardía una vela, logrando con ello una feroz mirada de fuego.

 

Calle de la Amargura

 

El aullón era una broma, de dudoso gusto pero de extraordinario impacto. Los pocos vecinos que regresaban a sus casas a horas tardías, si llegaban a tropezarse con el remedo de espectro salían corriendo como podían atenazados por el pánico, recordando las espeluznantes historias que habían escuchado desde pequeños a sus abuelos y a sus padres antes de que apagaran las velas que iluminaban sus camastros. Llegaban al hogar con cara desencajada, y se cuenta que algunos caían desmayados presos de un síncope.

El marimanta, que frecuentemente se confunde con el anterior hasta el punto de prestarse mutuamente los nombres en la literatura que sobre ellos se ha escrito, era de parecido aspecto y similar intención de provocar el pánico. En este caso, se prescindía de canutos u ollas, no así de velas o faroles, lo que hacía el disfraz más sencillo pero igualmente eficaz. Cubierto de sábana o manta, el emboscado con tal fórmula pretendía acudir a una cita secreta protegiendo su identidad y la honra de la amante, cuando no rondar con insistencia y descaro a una huidiza doncella y burlar la celosa guardia de un alertado padre, alejando miradas indiscretas, que con sólo ver al fantasma huían espantados.

 

En aquellos tiempos, era impensable que un hombre entrase de noche en casa de una mujer, de la condición que fuera, mucho menos para solazarse en sus aposentos, por lo que se buscaban estas otras formas de obtener prendas sin levantar rumores y murmuraciones.

 

Tales atuendos y macabras argucias fueron del gusto de los principales y renombrados donjuanes cacereños, algunos de ellos reputados nobles que, a sus conquistas por sendas más naturales, ímprobas pero honrosas, sumaban estos otros amoríos obtenidos con tan malas artes y denostado honor.

 

FUENTES:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

HURTADO PÉREZ, PUBLIO. Recuerdos cacereños del siglo XIX.

WEB. www.extremaduramisteriosa.com

 

José Luis Hinojal Santos

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.