Cáceres en sus piedras

ROMANCE DEL ESPADERO (1ª parte)

 

La torre de Espaderos se alza airosa e imponente junto a la antigua y desaparecida puerta norte del amurallado cacereño, llamada indistintamente de Coria o del Socorro. Luce cerradas troneras, matacán esquinado y un bello ajimez, que invita a la imaginación de recrear el orgullo de la poderosa y abigarrada nobleza local, sus lejanas luchas de poder y, por qué no, también prohibidos amores que suscitaron tragedias que aún se recuerdan en los romances, como el que nos ocupa.

 

Torre de los Cáceres Andrada, también conocida como de los Espaderos

 

He aquí un romance en prosa que se contaba y cantaba hasta no hace mucho por las calles de la vieja villa, y que nos habla del prohibido y trágico amor de una noble doncella con un joven plebeyo.

Eran tiempos en que la muy leal y noble villa de Cáceres se hallaba sumida en crueles y fratricidas luchas de banderías, en las que el honor y el coraje eran las monedas más preciadas por sus caballeros. Sólo la llamada del Rey, para conquistar nuevos territorios al musulmán, o el ataque de un enemigo común, ya fuera el agareno o el portugués, los hermanaba y traía momentos de paz y silencio a unas calles bañadas en sangre de criados y pecheros partidarios de los llamados bandos de Arriba y bando de Abajo.

 

Las banderías enfrentaban a linajes y familias, unas contra otras. Se reunían en torno a dos bandos, que podrían tratarse como de leoneses y de castellanos. Los primeros principalmente ocupaban solares de la colación de san Mateo, o de Arriba, mientras que los segundos lo hacían alrededor de la de santa María, o de Abajo. No obstante, esto ha sido de siempre una simplificación, pues dado los con continuos enlaces matrimoniales qeu se concertaban en una nobleza local por sí endogámica, sería difícil trazar la frontera sobre el terreno de los bandos enfrentados. En muchos documentos de la época, sí se hace referencia a bando de Arriba y bando de Abajo, e incluso la reina Isabel I de Castilla, la Católica, impuso como una medida pacificadora, unificar las banderas bajo las que luchaban unos y otros en la villa de Cáceres, un león y un castillo, según la leyenda consiéndolas y uniéndolas con sus propias manos.

 

En uno de estos momentos de tregua de la levantisca nobleza, se cuenta que un altivo caballero, encopetado en el arte de la guerra, con fama de excelente mílite y muy preciado de sí mismo, preparando un torneo al que había sido invitado por el monarca castellano Enrique IV, contrató los servicios de un joven espadero con buenas dotes en este oficio y del gusto y respeto de ambos bandos. Su interés no era otro que acompañar su ganada fama arropado de las más bellas y magníficas armas con que asombrar a la Corte y caballeros presentes en las justas, pues atributo suyo era también la arrogancia.

Viudo como era, su otra pasión descansaba en su única hija, bella doncella que prometía provechoso enlace conque engrandecer su posición, y a la que mantenía apartada del bullicio de la época tras los fuertes muros del palacio que la cobijaba, con la sola compañía de una criada. La única atracción que le permitía su claustro se la brindaba el bello ajimez de la torre, pasando sus mejores horas mirando desde él lo que de suceder hubiera en las angostas calles que circundaban la iglesia de Santiago, aprovechándose de la discreción que le proporcionaba la celosía que protegía el vano de los ojos curiosos de las gentes que iban y venían.

En los numerosos enfrentamientos contra los del otro bando, los compañeros de amas del padre accedían a la casa y cruzaban patios y habitaciones para reunirse y batallar desde la torre, bien situada en una encrucijada de calles en el norte de la villa. Los caballeros tenían la oportunidad así de admirar, siquiera breves momentos, los progresos en lozanía y belleza de la hija, que adivinaban en fugaces miradas o encuentros causales.

Ganó la doncella, con estos episodios, justos comentarios de ser de las más hermosas que en Cáceres hubiera, premio que el padre guardaba celosamente para quién por posición y riquezas más le conviniere.

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FUENTES:

ARIAS CORRALES, JUAN. Cuatro leyendas cacereñas.

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Historias y leyendas de la vieja villa de Cáceres.

 

José Luis Hinojal Santos

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