Cáceres en sus piedras

EL CRISTO NEGRO Y LAS EJECUCIONES

 

Hasta mediados del siglo XVI, los días señalados ahorcaban en la plaza de santa María a los condenados a muerte. El reo era llevado en un carro o montado en asno desde las cárceles del Corregidor, que se alzaban en las inmediaciones del río Verde, frente a unas huertas que eran propiedad del noble linaje de Carvajal. Salía temprano de la celda en que había estado recluido, acompañado de un séquito que se hacía por momentos más numeroso a medida que se sorteaba el citado arroyo hasta la calle Empedrada y cruzaban, haciendo paso entre la muchedumbre expectante, la plaza de la Villa por la pasera. Pasando la puerta Nueva, llegaba a su destino.

Era un paseo infamante,

‘ ¡el paseo de la vergüenza!

Bajo la fenestra de la iglesia de santa María, sobre las once de la mañana, los reos veían el temido perfil de la horca. Algunos, ni siquiera, pues llegaban desmayados o en un lamentable estado de espanto y desesperación terribles.

 

Iglesia de santa María

 

Toda la villa se reunía a ambos lados del paseo y luego en torno al patíbulo. Éste era una sencilla estructura de madera montada para la ocasión, con una tarima elevada, unos postes de los que pendía la soga y dos rampas o escaleras de acceso a los laterales.

Las ejecuciones eran públicas, pues con ellas se pretendía infundir temor a quienes tuvieran en el pensamiento cometer alguna felonía. Incluso las coplas que a menudo eran compuestas sobre los hechos, por ciegos que luego las cantaban por otras villas y pueblos, se hacían eco del efecto y del ejemplo que se deseaba transmitir…

 

… síguese que aconteció

sin dubdar,

para aviso singular

de los que a Dios ofendemos,

porque no nos descuidemos

en la enmienda.

Cada qual su vida entienda,

que si corrige su error,

al soberano Señor

se encomienda.

(Últimos versos de la copla Caso memorable y…)

 

Se voceaban bandos en los que se anunciaba la ejecución, junto con el relato de los delitos cometidos y la sentencia. De la mayor o menor atrocidad de ellos, o de la fama o alcurnia del reo, acudían masivamente los cacereños, pues, en sí, era un espectáculo mostrado en toda su crudeza.

En la villa de Cáceres, los que sacaban a ahorcar subían al patíbulo por la rampa izquierda, y una vez colocada la soga, era obligado a esperar unos interminables minutos… Como si fuera una procesión, era traído, desde el cercano convento de santa María de Jesús, el Santo Crucifijo, que presidía las ejecuciones en aquellos lejos tiempos. A él pedían muchos justicia y clemencia en sus últimos momentos.

 

Como “Cristo Negro” se conoce este crucifijo desde hace relativamente poco tiempo. Las menciones históricas a él son generalmente como Santo Crucifijo de santa María. Es a partir de la recuperación de la devoción y del paso penitencial de Semana Santa a mediados de los ochenta del pasado siglo, cuando se comienza a usar la nueva denominación.

 

Al paso de este Cristo, todos los presentes guardaban entonces silencio y, en su proximidad, bajaban la vista hacia el embarrado suelo, pues nadie se atrevía a mirar la imagen por temor a ser cegado si se hallaba en pecado, o caer fulminado apenas rozara su piel con la venerada madera. Quién más, quién menos, se arrodillaba en esos instantes de cercanía en una amalgama de sentimientos encontrados de fe y temor.

Subían el Santo Crucifijo igualmente a la tarima, por la derecha, y lo enfrentaban a los reos en la hora de cumplirse la sentencia, quedando ambas caras, del condenado y del Cristo, a la misma altura. Era lo último que vieran en vida los ahorcados en la villa de Cáceres. Algunos pedían, en un postrer alivio de su congoja y de su conciencia, que no les pusieran el acostumbrado paño negro para taparles los ojos y hacer más liviano el momento… ¡Deseaban morir con la mirada puesta en el Santo Crucifijo!

Los ciegos componían coplas que luego cantaban por la vieja villa y por las aldeas vecinas. En ellas, relataban los hechos con buena o mala fortuna, y en todas aparecía la imagen de un cristo negro y su retorcida figura, presidiendo las muertes de los condenados y llevándose su último aliento a su capilla, donde esperaría la siguiente ejecución.

Mientras, los cadáveres de los ajusticiados, hechos cuartos sus cuerpos, se pudrían a la vista de quienes entraren o salieren de la villa por las puertas principales de acceso a ella en aquel siglo XVI, a saber, las del Camino Llano, de san Antón, de la Consolación, de Barrionuevo y de Fuente Concejo o de las Tenerías.

 

Y ansí, sin más dilatar,

por quedar más satisfecho,

los mandó luego ahorcar

y las cabeças clavar

donde el mal avían hecho.

 

He aquí la leyenda que circula sobre el Cristo Negro de Cáceres, pues en la memoria de todos ha quedado que aquel que mire fijamente la venerada imagen, quedará cegado en ese instante si se halla en pecado.

 

FUENTES:

ANÓNIMO DEL SIGLO XVI. Caso memorable y espantoso que aconteció en hecho de verdad, para aviso y escarmiento de los obstinados que no quieren o difieren convertirse.

CORRALES GAITÁN, ALONSO J.R. Historia y curiosidades de la santa Hermandad del Cristo Negro (de Cáceres).

HERNÁNDEZ PAZ, ELOY. El misterio de una imagen: Santo Crucifijo de Santa María.

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

SÁNCHEZ PÉREZ, MARÍA. La muerte por entregas.

 

José Luis Hinojal Santos

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