Cáceres en sus piedras

EL TESORO DE LA SIERRA DE LA MONTAÑA II

 

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II

Juan de la Riva era hijo de el Arreglado, un personaje llamado Juan Francisco de la Riva que había amasado cierta fortuna a causa de su buen criterio para el negocio y, a tenor de las habladurías, por su legendaria tacañería. El tercer vástago había salido torcido en opinión del padre porque, muy a su pesar, demostró temprano un talante desprendido, defecto al que unía un acusado carácter maniático, como el demostrado cierto día de la primavera de 1863 en que los lugareños le vieron cavar hoyos como un loco por la ladera de la Montaña.

Dio mucho que hablar en los mentideros de la plaza Mayor dicho famoso día y los que le siguieron, hasta contar unos doce en que mantuvo a toda la población expectante en conocer a qué se debía el empeño y, luego, del resultado de tanto agujero.

La extraña conducta la llevó en principio en solitario, mas como lógicamente no pudo guardarla en secreto pasado el primer día, en que se convirtió en un atractivo plato de la comidilla popular y de sus cábalas, convenció a algunos hombres para que le acompañasen en su insólita tarea, que no era otra que encontrar

‘ un tesoro oculto en la sierra de la Montaña.

Este era el quid del asunto. Una vez conocido, desaparecieron como por arte de ensalmo, las arcas, robos y cadáveres que había producido el imaginario popular, pero nadie mostró pesar en ello pues el verdadero motivo se antojaba igual de sugerente.

¡Un magnífico caudal de monedas, joyas y otras cosas de valor!

 

Ribera del Marco o arroyo de la Madre

 

Juan de la Riva había escuchado de boca de unos presos de la lejana cárcel de Leganés noticias de la existencia de un tesoro enterrado en las afueras de la villa de Cáceres. Rescató de su memoria, entonces, las leyendas que circulaban entre sus paisanos sobre los escondites que Martín Paredes y otros bandoleros de parecido pelaje habían debido usar en tiempos pasados para guardar el ingente fruto de sus robos. Esas mismas leyendas hablaban

‘ de recónditas e ignoradas cuevas

‘ o de secretos mapas con lugares marcados.

Con el calor de esas viejas tradiciones, se le nubló el entendimiento y tuvo por enteramente ciertas las noticias. Fue al penal y trabó una desigual confianza con los reos, pues estos, nada más olfatear el desmesurado interés que desplegaba ante ellos el cacereño por conocer el paradero exacto del pretendido botín, no dudaron en aprovechar la ocasión de sacar renta de tamaño despliegue de ingenuidad. Así, le solicitaron que para soltar su lengua, suficiente sería que les entregase como contrapartida

‘ ¡dos mil reales!

Atisbó Juan de la Riva un feliz negocio y aflojó la cantidad sin parar mientes de la baja estofa de quienes eran ladrones de poco recorrido, aunque ladrones en definitiva. De esta manera obtuvo la ansiada confesión.

– En la solana de lo que llamáis Montaña, cerca de unas rocas, señor. ¡Allí lo hallaréis!

Vuelto a Cáceres, una buena mañana se levantó lo que se dice al canto del primer gallo, se encasquetó un viejo traje de jornalero, ensilló mula, y provisto de pala y azada se dirigió a la falda de la Montaña. Como no encontrara nada a la primera, lejos de pensar en un engaño buscó un nuevo lugar donde cavar.

Cavó y cavó. Y cada mañana de los días siguientes, se le vio salir de la villa por la fuente del Concejo, para proseguir su tarea en cualquier sitio que se le antojase como posible, acompañado por unos operarios a los que convenció

‘ y por una cohorte de curiosos y maledicentes cada vez más numerosa que le esperaba al alba por los caminos, en espera y deseo de que hubiera suerte ese día.

¡Pero no la hubo!

A mitad de la doceava jornada, Juan de la Riva terminó lo que sería su último e infortunado hoyo. Cansados su cuerpo y su ánimo,

‘ o recobrada su cordura,

salió del maldito agujero y se irguió lentamente ante la expectante mirada de los presentes. Más allá de ellos, oteó el estado en que había dejado la ladera de la Montaña, que a vista de cualquiera parecía que hubieran llovido decenas de meteoritos. Acto seguido, arrojó la pala con determinación al suelo y gruñó casi imperceptiblemente:

– ¡Al carajo el tesoro!

Montando en la mula, que por allí pastaba indiferenet a todo y a todos, se despidió de la concurrencia.

– ¡Tengan un buen día, señores!

 

Fuente:

HURTADO PÉREZ, PUBLIO. Ayuntamiento y familias cacerenses.

 

José Luis Hinojal Santos

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