Cáceres en sus piedras

LA MALPARÍA. ESTERILIDAD Y GESTACIÓN IV

 

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En las tres entradas anteriores de este tema dedicado a la Esterilidad y Gestación en la vieja villa de Cáceres, hemos hecho un repaso al conjunto de remedios recogidos por la tradición que tenían la función de curar la esterilidad y permitir que un matrimonio tuviera descendencia. La fe en tales remedios estaba impregnada de creencias y supersticiones, y una no menos confianza en las virtudes de recetas con ingredientes naturales de probados resultados, pues no sería demasiado aventurado pensar que, en muchas ocasiones, se llegara a feliz término con estas prácticas que, de no ser así, no hubieran quedadas fijadas en el acervo cultural cacereño, aunque el tiempo haya pasado factura y estén quedando en el olvido.

Se consideraba buena señal que la mujer presentase pronto antojos, síntoma de embarazo. La costumbre recordaba que había que satisfacerlos para que todo transcurriera según lo deseado. En caso contrario, el niño nacería deforme, cuando no propiciaría el aborto, es decir, la malparía.

Se temían especialmente las noches de Luna nueva. Muchos creían que ejercían una desgraciada influencia sobre la salud de la madre y del futuro hijo y que su influjo atacaba a la embarazada, produciéndole fuertes calenturas en los pechos, y de su boca se escuchaba, en tales ocasiones, un angustiado grito:

– ¡A mi hijo le ha cogido la Luna!

No era necesario, para este temor, el concurso del astro de la noche, sino que tales calenturas podían haber sobrevenido asimismo por un mal de ojo, llevando al uso de los remedios indicados para prevenirlo o contrarrestarlo. El aojamiento podría producirlo una malquerencia, y era usual que las sospechas se dirigieran a la mala mirada de una gitana o de alguna vieja con reputación de bruja, por lo que era casi obligado que la gestante, cuando se cruzaba con las anteriores, bajara la vista al suelo e hiciera la señal de la higa, escenas habituales en el segundo cuarto del siglo XIX si se tenía la mala fortuna de toparse con Ana la Casareña, sobre todo, o con Inés la Picha. Con la primera, las embarazadas abandonaban el lugar en el que coincidían con la condenada, sobrecogidas de miedo ante la perspectiva del aojamiento o de la retirada de leche, artes en que era experta la famosa bruja.

Cuando iba la Casareña a “jechar” el trigo, ninguna de las personas que había en el zaguán se atrevían a mirarse, ni a levantar los ojos del suelo. Todas le cedían la vez, y la que tenía algún niño de pecho escurría el bulto y desaparecía en cuanto podía – según testimonio de la época recogido por el investigador cacereño Publio Hurtado.

 

El gesto de la higa se hacía con el puño cerrado, sacando el dedo pulgar por entre el índice y el corazón, que se usaba para ahuyentar el mal de ojo.

 

¡En fin! Lo normal era que la noticia del embarazo fuera, por deseada, bien recibida, no exenta de temores.

Pero también cabía la posibilidad, no obstante, de que no fuera ni deseada ni bien recibida. En tales extremos, se acudía a remedios naturales consuetudinarios con los que poner término a la gestación, siendo, quizá, el más al uso en la vieja villa de Cáceres el colocarse una especie de parche o emplasto en la pelvis o el ombligo, untado de un mejunje que despedía un fuerte olor desagradable, hecho a base de

Ajo

Perejil

Y cornezuelo de centeno.

Precisamente era este último el responsable de que empezaran a manifestarse fuertes contracciones, que finalizaban con la interrupción del embarazo. Su presencia en esta antigua receta invita a pensar a que se recurría a mujeres reputadas de viejas, pues estas usaban de este peligroso hongo para provocar alucinaciones, convulsiones y delirios con los que, al decir popular, se comunicaban con el demonio. La prevención con el cornezuelo era que su ingesta no debía ser en exceso, pues de lo contrario podía provocarse el llamado Fuego de San Antonio, una enfermedad que afectó algunas épocas a la villa de Cáceres, y que iba pareja al consumo de pan de centeno, más popularmente conocido como pan de los pobres, infestado por el cornezuelo.

 

Del Ergotismo o enfermedad del Fuego de San Antonio, escribe Enrique Larval que… “era una enfermedad pestilencial, corroía los pies o las manos y alguna vez la cara. Comenzaba con un escalofrío en brazos y piernas, ,seguido de una angustiosa sensación de quemazón. Parecía que las extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse, ‘como si se hubiesen cortado con una hacha’. La inmesa mayoría sobrevivía, quedando mutilados y deformados enormemente, por la pérdida incluso de los cuatro miembros”.

 

En ocasiones, el embarazo no llegaba a término por otras circunstancias no buscadas. Esto fue, por ejemplo, lo que aconteció a la mujer de un tal Francisco Romero en 1723, y que tal como se contó luego en los mentideros, a más de uno maravilló.

 

 

Acuciada por un fuerte dolor en el vientre, comenzó a arrojar leche por los pechos. Llamaron al médico de la villa, Francisco Suárez de Ribera, que dictaminó, tras un examen, que el problema residía en que a la señora le faltaba la menstrual evacuación desde hacía diez meses. Le recetó para su mejora lo que llamó el secreto de Curvo, unas píldoras fabricadas por un médico portugués que llevaban el siguiente preparado:

Mirra.

Semilla de comino negro.

Raíz de la rubia de tintoreros.

Sangre de palomino seca a la sombra y pulverizada.

Administrado el remedio llevó, no obstante, a mayores el sufrimiento, hasta que preocupó la vida de la mujer y a punto estuvieron en darla por desahuciada. Dolores, espasmos violentos, se suprimió la orina… El cuerpo se le hinchó de tal manera que dispusieron el sangrarle los tobillos mientras se le aplicaba una cataplasma a base de cebolla y aceite de alacrán.

Sanó, pero del susto, a las pocas horas arrojó dos molas…

Y aquí la historia se tuerce en el boca a boca de unos a otros respecto de lo que sucedió a continuación, pues las dos molas las tuvieron los presentes por extraños y fantásticos

– ¡¿Lagartos?!

Que se retorcían desesperadamente sobre sus ocho patas a juicio de todos, quienes se santiguaban continuamente pensando, en su ignorancia, que el prodigio no era cosa de la regular naturaleza. Todos menos del doctor que, acostumbrado por su oficio, se lamentaba de haber sabido tarde que la mujer se hallaba en estado.

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Foto de cabecera: Vista de la zona Intramuros de Cáceres, foto tomada desde la torre del palació de Ovando.

 

Fuentes:

Consultar la última entrada de cinco de la serie Esterilidad y Gestación en la vieja villa de Cáceres.

 

José Luis Hinojal Santos

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