Cáceres en sus piedras

EL PARTO. ESTERILIDAD Y GESTACIÓN V

 

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En el portal de los Escribanos de la plaza Mayor existe un cuadro que representa a la virgen de la Paz, obra de Rafael Lucenqui de 1865, que vino a reemplazar uno anterior de mediados del siglo XVIII, cuyo desgaste se había hecho notorio por su exposición a la intemperie, pero también por sufrir el continuo humo de las velas que las embarazadas cacereñas encendían a su vera aprovechando una barra de hierro con garfios colocada para protegerlo.

Esta costumbre se hizo popular prácticamente desde su colocación, se desconoce a cuento de qué asunto, y provocó que en el imaginario cacereño la virgen se le diera el popular nombre de

‘ virgen del Parto

‘ o virgen de las Paridas.

La familia de una mujer a punto de dar a luz acudía con una vela en esos días señalados y la pinchaba en el hierro. Luego procuraba mantenerla encendida día y noche, acompañando la acción con oraciones y rogativas para un feliz alumbramiento.

Este sencillo y devoto ritual fue sustituyendo en la vieja villa de Cáceres otras formas tradicionales y supersticiosas cuyo objeto era que la parturienta saliera pronto y bien del paso. Remedios de toda índole y condición, desde la ingesta de mejunjes y pócimas al uso de amuletos u objetos que se colocaban en distintas partes del cuerpo.

Como los partos se tenían en las propias casas, en la habitación se colocaban las llamadas rosas de Jericó. Al respecto de ellas, era conocida la leyenda que decía que cuando la virgen María huyó de Belén para liberar a su hijo de la cruel matanza ordenada por el rey Herodes, atravesando las planicies de Jericó se apeó del asno y surgió a sus pies una pequeña flor. Desde entonces las rosas de Jericó continuaron floreciendo y embelleciendo los campos hasta que Jesús murió en la cruz, momento en que se secaron todas. Tres días después, cuando resucitó, las plantas volvieron a florecer.

Así, una planta seca de rosa de Jericó se ponía en un recipiente con agua al momento en que comenzaban los dolores del parto. El líquido provocaba que la planta reviviera y fuera abriéndose poco a poco hasta recuperar su aspecto en plenitud, momento en que se esperaba que el niño o la niña naciera sin problemas.

¿Niño o niña?

Hasta no hace mucho se podía saber con anterioridad el sexo de la criatura por nacer. Al menos eso decían en Cáceres: estando la gestante presente, se ataba un cordel a unas tijeras que debían quedar suspendidas en el aire para girar con facilidad.

Si el giro era a la derecha, daría a luz un niño.

Si el giro era a la izquierda, una niña.

Aparte de la rosa de Jericó, se tiene noticia de una receta que favorecía la expulsión del feto tras provocar rápidas contracciones. Comenzado el parto, se elaboraba y daba a la mujer un bebedizo cuyos ingredientes eran en esencia hiel o veneno de víbora, tostada en el horno y luego pulverizada y mezclada en vino. Si se presentaba difícil, el compuesto era a base de

Huevos de cuervo y

Caldo de arañas. A pesar de lo sugerente del nombre, el caldo se hacía sobre la base de la cocción de la planta Anthericum liliago, también llamada hierba de la araña o falangera.

 

 

Las curanderas de la villa ofrecían otro preparado con el que se garantizaba un feliz suceso:

Polvos de los testículos del lobo,

secos y cocinados en

Artemisa rubra. Recordemos, para satisfacer la curiosidad, que la artemisa es una planta aromática que debe su nombre a la diosa griega protectora de la mujer, de las embarazadas y los partos.

A veces no eran necesarios estos extremos, pues una vez más estaban los amuletos, como un canutillo de plata, con azogue dentro, que se ataba al muslo; o una piedra preñada ligada al muslo izquierdo. Tal nombre les venía a estas piedras porque al agitarlas parecían tener otra en su interior y se contaba que eran cogidas por las águilas para protegerse del veneno de las serpientes.

Por último, otras fórmulas cuyas recetas se fueron olvidando, a cuál más mágica, cuyos efectos algunos tomaban como pactos del demonio, siendo sus virtudes todas naturales. Tales eran la raíz de calabaza, que se colocaba, llegada la hora, ligada a la región lumbar; o la más socorrida de raíz de beleño blanco, esta por encontrarse fácilmente en las callejuelas intramuros. Al beleño blanco, que se aplicaba en la pierna en casos extremos de parto difícil, también se le llamaba dormidera, una planta herbácea venenosa que debía usarse con suma precaución, pues se sabía que desde antiguo se utilizaba como afrodisíaco, siendo el principal componente con el que muchas hechiceras fabricaban los filtros de amor, si bien suministrada en exceso sus efectos eran peligrosos.

Fin de la serie de entradas Esterilidad y Gestación en la vieja villa de Cáceres

 

Foto de cabecera: Vista de Cáceres desde el arroyo de la Madre.

 

Fuentes:

DOMÍNGUEZ MORENO, JOSÉ MARÍA. Ritos de fecundidad y embarazo en la tradición cacereña.

HURTADO PÉREZ, PUBLIO. Supersticiones extremeñas. Anotaciones psico-fisiológicas.

LAVAL R., ENRIQUE. Sobre las epidemias del fuego de san Antonio.

MARCOS ARÉVALOS, JAVIER. Nacer, vivir y morir en Extremadura.

SUÁREZ DE RIBERA, FRANCISCO. Ilustración y publicación de los diez y siete secretos del Doctor Juan Curvo Semmedo.

 

José Luis Hinojal Santos

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