Cáceres en sus piedras

AMULETOS, BEBEDIZOS Y OTROS UNGÜENTOS

 

Poco se sabe de las pócimas y ungüentos de hechiceras, curanderas y otros sanadores que ejercían sus prácticas en la villa de Cáceres, si bien los ingredientes de que hacían uso eran variados, todos ellos enraizados en los secretos de la naturaleza y de sus virtudes, y tomados directamente o utilizados como apósitos, a modo de amuletos. La clave de su fuerza estaba, muchas veces, en ser recogidos estos ingredientes en determinados momentos del día o de la noche, o bajo ciertas circunstancias.

Las recetas servían no sólo para curar enfermedades, sino también para otros menesteres, como eran aojamientos, retiradas de leche…

¿Qué podía servir para todos estos líquidos y objetos?

Cualquier materia o sustancia, muchas de las cuales hallaban su razón de ser y uso en que se administraban en casos desahuciados por los médicos, que menospreciaban estos remedios por ser aplicados sin razón ni reglas y cuyos éxitos algunos consideraban que eran debidos a pactos con el demonio.

De piedras y minerales la lista se haría larga. Con ellos se componían amuletos y otros fetiches. Frecuente en Cáceres era, siglos atrás, el uso del azogue o mercurio, con el que, metido en un canuto de plata, se fabricaban unos collares; puestos al muslo, se decía que facilitaban el parto y llevados al cuello, preservaban de la erisipela. No siempre se lograba lo esperado, pues se conoce el caso de una mujer, vecina de la calle Pintores a comienzos del siglo XVIII, que llevó uno de estos canutillos cerca de la garganta durante tres años en que, de no padecer nada relevante, pasó a tener una fiebre continua, mal respirar y peor tragar alimentos. Quitado el azogue por los médicos que la asistieron, no sin pesar pues confiaba en la curandera que se lo había ofrecido, no pasó a mayores el asunto.

Misterioso por demás fue el amuleto, formado de varios elementos, encontrado, siglo y medio después, por don Miguel Jalón y Larragoiti, XII marqués de Castrofuerte, quien en la historia de Cáceres se le conoce por ser, junto a Publio Hurtado y otros, uno de los fundadores y primer director de la recordada Revista de Extremadura. Guardaba como admirable posesión, en una especie de museo de antigüedades particular, los objetos que habían aparecido durante unas obras que realizaba en el castillo de las Arguijuelas de Arriba, de difícil significado, rebosantes de magia y superstición. Estaban colocados secretamente dentro de un muro que fue derribado para abrir una ventana. Eran,

‘ un dedal aplastado de metal dorado, ornamentado su borde con cruces visigóticas;

‘ un clavo de herradura con su punta clavada en el anterior;

‘ media espátula de madera; y

‘ una haba negra.

Todos los que se acercaban a visitar al noble, quedaban maravillados por su sencillez y misterio si les ofrecía ocasión de verlos. Parecían ideados para ahuyentar los malos espíritus y propiciar años de prosperidad y suerte. Pero debieron perder su virtud en el camino de los años, si alguna vez la tuvieron, pues en posesión de don Miguel parece que no obraron efecto alguno: casado en 1859 con doña María de las Mercedes de Aponte y Ortega, a la que le sobraban igualmente títulos (siendo los más notorios VIII marquesa de Torreorgaz y V marquesa de Camarena la Real), en sus 37 años de matrimonio no obtuvieron lo que tanto ansiaron: hijos… Ni tan siquiera uno que continuara la línea sucesoria, que pasó a sus hermanos.

Siguiendo con las materias de que se hacía uso para fabricar los bebedizos y amuletos, de los animales, se experimentaban, al parecer, efectos prodigiosos ante diversos males con

‘ hueso del pie del sapo limpio de carne;

‘ la piedra alojada en la vejiga de la hiel de un toro, administrada en agua de chicoria amarga;

‘ los hígados de rana cogidas en las noches de Luna menguante de marzo, secos y disueltos en agua de cerezas negras;

‘ los testículos de un gato negro nacido en dicho mes y quitados justo al año siguiente llevados atados al cuello;

‘ Y otras muchas partes de animales que se cazaban en los campos vecinos a la villa.

Se tiene noticia, por el año de 1720, de que a la mujer de un tal Luis Conejero, quienes vivían en la colación de Santiago, le sobrevino un accidente histérico de tal importancia, que los médicos, en cuanto se hicieron presentes, señalaron un inequívoco pronto y fatal desenlace. Incluso fue solicitada la asistencia de Pablo José Rojo Mediavilla, párroco de la iglesia, para que le administrase los santos sacramentos.

El desolado marido, hombre de posibles cuya familia pugnaba, en esa época, por el reconocimiento de su ascendencia noble, buscó entonces quien le facilitara o le diera cuenta de un brebaje del que había escuchado, en alguna ocasión, sus probadas virtudes en males como el que acontecía a la dama. Mandó a un criado a la pesquisa, el cual regresó

‘ con el corazón de un lobo, seco en un horno y hecho polvos.

La mujer tomó el mejunje, mezclado en un cordial, y en unos días sanó enteramente.

 

El presente relato forma parte del libro:(Haz clic en la imagen)

 

Foto de cabecera: Francisco Suárez de Ribera. Ilustración de Matías de Irala, 1732. (Suárez de Ribera fue medico de la Villa de Cáceres durante la segunda década del siglo XVIII. En la obra de referencia recogió muchos ingredientes que solían utilizar las curanderas cacereñas, para conocimiento de sus colegas y reivindicación de sus propiedades ancestrales).

 

Fuentes:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y Superstición en la vieja villa de Cáceres.

HURTADO PÉREZ, PUBLIO. Recuerdos cacereños del siglo XIX.

SUÁREZ DE RIBERA. Medicina ilustrada, theatro segundo.

 

José Luis Hinojal Santos

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