En Cáceres, los símbolos relacionados con la lujuria son contados. Prácticamente se limitan a algunas gárgolas que solicitan protección para el hogar y sus moradores, y a relieves de simios y monos como representaciones del vicio generalizado, que en la casa del Mono, o de los Cáceres Nidos, aparece además encadenado, quizá para someter la incontenible inmoralidad que supuraba la creencia o como figura de los condenados al Infierno.
Vamos con uno al que vamos a poner el rótulo de «posible», que, más que oculto o semioculto, pasa desapercibido, hasta el grado de que nos queda la duda de lo que en adelante se cuenta.
Una de las figuras sobre las que arrancan las arquivoltas de la entrada de los pies a la iglesia de santa María, concretamente en el arranque derecho de la más cercana a la puerta, es, o parece adivinarse a pesar del desgaste de siglos, una liebre, siendo más precisos una liebre itifálica, es decir, el animal aparece provisto de un pene desproporcionado que, además, está en erección.
En la Edad Media, al lepórido se le relacionaba con la lujuria, el amor carnal y las continuas tentaciones del mundo. Era y es un animal muy fecundo, inquieto y con una vida principalmente nocturna. Poco o nada importaba a la Iglesia estas imágenes tan explícitas, profanas e impúdicas a sus ojos, si la transmisión del aviso era más poderosa que la palabra.
Desde un ángulo menos intimidatorio para el buen cristiano, también se utilizaba a la liebre, o al conejo, como alegoría de la fertilidad. El hecho que apareciese dentro del programa iconográfico de las paredes de una iglesia era por la necesidad de visualizar mensajes dirigidos al pueblo llano, en su inmensa mayoría analfabeto, pero que sabía interpretar, o aprendía a ello, los mensajes que transmitían estas imágenes, muchas veces como aviso o doctrina pacífica de guiar y salvar almas, en oposición a la persecución y la tortura que sometían a los transgresores de estos mensajes.
La liebre de santa María podría tener inherente esta dualidad: una prohibición y una condena abiertas a las posibles prácticas pecaminosas que pudieran llevarse a cabo en el interior del templo, y quizá por ello la encontramos en el lugar más próximo a la entrada al mismo; pero también pudiéramos afirmar que era una incitación a la feligresía a procrear, eso sí, dentro del matrimonio, dentro del vaso ordinario y dentro del orden natural de las cosas, en un territorio en el que existía una necesidad acuciante de repoblar. Por este otro motivo, su lugar eran los muros exteriores y no interiores.
En la vieja villa de Cáceres, este papel mediático de la liebre no solo estaba en las manos exclusivas de la Iglesia. La llamada medicina supersticiosa o mágica también usaba de significados exotéricos, añadiéndoles los esotéricos de turno y de que unos y otros se materializaban en el uso de la liebre para curar males relacionados con el amor, la pasión o la voluptuosidad. Así, las viejas cacereñas, hechiceras, curanderas o simples alcahuetas, usaban como remedio para que las mujeres que iban dejando la juventud atrás mantuvieran sus pechos firmes, un bebedizo hecho a base de conjuros, oraciones y una pequeña cantidad de excrementos de liebre, para aplicarlo directamente sobre la zona como ungüento. Las heces lepóridas también parecían garantizar la fecundidad, en concreto nueve granos de una hembra virgen. Y entrados, por último, en el terreno de la sumisión de la persona pretendida, algunas recetas de los celebérrimos quereles hechiceriles cacereños utilizaban el pene de estos animales como un ingrediente poderoso de sus pócimas amorosas.
FOTO DE CABECERA: Detalle del programa iconográfico de la portada de los pies de la iglesia de santa María.
FUENTES CONSULTADAS:
DOMÍNGUEZ MORENO, JOSÉ MARÍA. Ritos de fecundidad y embarazo en la tradición cacereña.
RODRÍGUEZ PEINADO, LAURA. Los conejos y las liebres. Revista digital de iconografía medieval.





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