Cáceres en sus piedras

LA MILAGROSA CURA DE DON PEDRO ROCO

 

Fray Juan de San Diego fue un fraile que por la década de los sesenta del siglo XVII profesaba en el monasterio de san Francisco el Real de Cáceres. De él cuenta la crónica franciscana de Soto y Marne que protagonizó numerosos milagros y conjeturó algunas profecías que luego se vieron cumplidas en la villa cacereña de aquellos lejanos años.

 

Las sanaciones milagrosas atribuidas a fray Juan de San Diego se sucedieron durante el segundo tercio del siglo XVII en la villa de Cáceres, antes de que abandonara el monasterio de san Francisco el Real de Cáceres, destino a la ciudad santa de Jerusalén. Era requerido en los más difíciles trances, todos ellos con feliz término gracias a la mediación del fraile.

En uno de ellos se hallaba don Pedro Roco Campo-Frío, conocido noble cacereño, de cuyo carácter puede dar noticia cierto suceso que le tuvo por protagonista unas tres décadas antes de conocer al franciscano.

En 1632, entre la servidumbre de don Pedro se contaban varios esclavos. Uno de ellos, un niño berberisco de apenas trece años, se declaraba constantemente rebelde a su situación y desobedecía todos los mandatos del dueño. Hasta que le hizo perder la paciencia y aflorarle el deseo de escarmentarle como, a su parecer, le correspondía. Por su conducta, el noble lo vendió por 30.000 maravedís (900 reales) a los Fúcares, clan familiar de empresarios alemanes que usaban de cautivos y forzados, en edad que pudieran ser útiles, para la explotación de las minas reales de azogue (mercurio) de Almadén. Lugar terrible, donde morían muchos por las condiciones del trabajo o por enfermedades como el paludismo. Allí, eran considerados y tratados como mera mercancía, no importaban a nadie.

– ¡Ha salido travieso y bellaco el maldito! – les dijo, conociendo la extrema dureza de las tareas y que, irremisiblemente, moriría.

Del niño nunca más se supo. Seguramente, pereció en aquellas minas. De paludismo o de agotamiento, ¡quién sabe! Los cadáveres los tiraban a los pozos de mina abandonados, sin otra preocupación que anotarlo en el libro de cuentas.

– “… al cual echaron dicho día en la mineta en donde entierran a los moros que se mueren”, solían poner en las inscripciones.

Ese fue su destino por no saber comportarse, a pesar de su corta edad.

Volvemos al amo, don Pedro Roco. Al día en que se salvó, por su parte, de una espantosa muerte, gracias a la mediación y las buenas oraciones de fray Juan de San Diego.

En 1665 hubo en la villa un fuerte contagio de peste. El brote provino de veinticinco soldados, de un tercio de esguízaros, soldados de infantería, que entró en la población en julio, de retorno del desastre español en la batalla de Villaviciosa, en que resultaron victoriosos los portugueses, camino de su independencia del reino de España. Muchos de sus vecinos, más de cuatrocientos, murieron en el contagio, gentes humildes la mayoría.

Pero el caballero logró salvar la vida, a pesar de haber sido incluso desahuciado por los médicos. En su agonía, mandó llamar a fray Juan. El fraile, decidido a atender el ruego del noble, burló las vigilancias que la situación de epidemia requería, y se personó en sus habitaciones. Susurró unas cuantas oraciones, que obraron el prodigio de calmar la dolencia del moribundo y expeler la peste y todo peligro de su cuerpo.

Cobró, de poco a nada de tiempo, la salud robusta que su entrada edad le permitía, reconociendo los mismos médicos, que le habían dado por muerto horas antes, el milagro.

 

FOTO: Calle Obra pía de Roco.

FUENTES:

HERNÁNDEZ SOBRINO, ÁNGEL. Los esclavos de los Fúcares en la mina de azogue de Almadén.

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

SOTO Y MARNE, fray FRANCISCO DE. Crónica de la Santa Provincia de San Miguel, del Orden, y Regular Observancia de nuestro Padre San Francisco.

 

José Luis Hinojal Santos

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.