Cáceres en sus piedras

EL DECENARIO

 

Fray Juan de San Diego fue un fraile que por la década de los sesenta del siglo XVII profesó en el monasterio de san Francisco el Real de Cáceres, con fama de santo y milagrero.

 

Un objeto del que se contaron prodigios permaneció celosamente guardado en la casa de los Pereros, edificio que hasta no hace mucho tiempo el pueblo conocía como casa de los Perros.

Los Perero, originariamente Pereiro, pertenecían a la nobleza local, aunque su apellido no se prodigó tanto en fama y presencia como otros tan tildados como Ovando, Carvajal o Ulloa, con quienes realizaron frecuentes entronques familiares. Fundaron mayorazgo, transmitido de generación en generación por los primogénitos varones, mientras los hubiera en la rama principal, que vivían en dicha casa, cercana a la puerta de Mérida.

El objeto en cuestión, vinculado al citado mayorazgo, era un sencillo y humilde decenario que perteneció a fray Juan de San Diego, fraile que por la década de los sesenta del siglo XVII profesaba en el monasterio de san Francisco el Real. De él cuenta la crónica franciscana de Soto y Marne que protagonizó numerosos milagros y conjeturó algunas profecías que luego se vieron cumplidas en el Cáceres de aquellos lejanos años. La relación del franciscano con los Perero era estrecha en la persona de don Alonso de Perero y Ulloa, desde que había acudido, con feliz éxito, a la mediación del fraile para un asunto que le traía desde tiempo atrás absorto de cualquier otro.

El caballero llevaba, no mucho cierto es, casado con doña Francisca de Carvajal Figueroa y Portocarrero, también de ilustre parentesco. Pasados apenas cuatro años, no ocultaba su creciente impaciencia por carecer de descendencia: ni masculina, como era su deseo, ni femenina. Decimos que este asunto absorbía sus pensamientos, adquiriendo tintes rayanos en tragedia familiar, pues empezaba creer, a mayor desgracia, que su matrimonio era infecundo, y, de ser ésta su suerte, con esta unión se perdería a su muerte el mayorazgo que con orgullo había recibido de su padre.

La infausta idea le estaba obsesionando tanto que comenzó por ofrecer numerosas oraciones, limosnas y rogativas a las sagradas y, en otras ocasiones y necesidades, milagreras imágenes locales.

Doña Francisca, por su parte, hacía lo propio. Era frecuente en aquellos tiempos que las mujeres casadas que se pasaban años sin tener hijos, acudieran a las iglesias los domingos para hacerse de agua bendita y beber de ella, para acto seguido hacer con devoción la señal de la cruz sobre su vientre al tiempo que pronunciaban el nombre de Jesús. Sea como fuere, no se obtuvo resultado alguno.

Perdidas poco a poco estas esperanzas, decidió acudir a fray Juan de San Diego, de quien había oído prodigios inimaginables en algunos de su condición, y compartido alguna que otra agradable conversación. Pero sucedió que el religioso, cumpliendo su viejo deseo de visitar Jerusalén, ya no se encontraba en la Villa y era evidente que no volvería a ella. Empeñado no obstante, el noble mandó aviso al fraile, quien, recibida la petición, condescendió con inusual fidelidad y prontitud. A punto de embarcar desde el puerto de Alicante rumbo a su destino, al leer la carta de don Alonso, le dio tiempo para adoptar una actitud estática tras su lectura, abstraído profundamente en su interior. Luego, mandó respuesta inequívoca del siguiente tenor:

– Don Alonso: paréceme que tendrá legítimo sucesor de su casa, que se llamará don Francisco, y espero en Dios le dará dos hijas, que se llamarán doña Beatriz y doña Cecilia.

La profecía de fray Juan se cumplió, no con la urgencia que deseara su amigo y deudor, pues tuvo que esperar otros cinco largos años para que su esposa tuviera el ansiado fruto, varón, y con él seguir el mayorazgo en posesión de la familia. Don Alonso de Perero quedó eternamente agradecido por esta intercesión.

Pero antes de que esta predicción se hiciera realidad, sucedió la primorosa muerte del fraile, de peste, estando al cuidado de otros enfermos en el hospicio de Damasco. Aquejado del mal, sus compañeros religiosos lo hallaron sin vida en su celda, donde se había retirado a rezar, quedando absortos por la maravillosa postura en que lo encontraron.

Fijas en tierra las rodillas,

‘cruzados sobre el pecho los brazos en tierna y risueña elevación,

‘puestos los ojos en el Cielo.

Pasados algunos años, abrieron la bóveda donde fue enterrado. Buscaban trocear su cadáver para expandir sus huesos a modo de reliquias con las que perpetuar su fama, pero… Hallaron el cuerpo del religioso incorrupto, hermoso, rubicundo, flexible y oloroso.

Antes de morir, fray Juan de San Diego había dejado a su confesor el decenario que siempre llevaba consigo, una sencilla alhaja que le acompañaba en sus oraciones. El receptor decidió que tal reliquia mejor obraría en manos de la madre del fallecido, quien la guardó como un precioso tesoro.

 

Un decenario es una sarta de diez cuentas pequeñas y una más gruesa, con una cruz por remate o sortija que sirve para cogerla en el dedo y llevar la cuenta de lo que se reza.

 

Cuentan que un sacerdote del Casar padecía una demencia furiosa, que con los años se había agravado de tal modo que los médicos de la villa abandonaron sus esfuerzos para curarle. Pidieron la mediación del decenario, el cual pusieron en las manos del paciente. Y en el instante de sentir el contacto, el cura, ante el desconcierto y la admiración de los circundantes, exclamó:

– ¡Padre mío, fray Juan! Compadeceos de mí, siquiera por el amor y gusto con que os acompañaba cuando por estas calles andabais pidiendo limosna.

Recuperando el sano juicio y entera salud.

Otros felices sucesos pueden contarse de la aplicación del decenario, como la recuperación repentina de un niño monstruosamente quebrado. De todos ellos tuvo noticia don Alonso de Perero, ya feliz y sosegado padre de un varón, quien llevaba en todo momento el recuerdo del religioso que le predijo su paternidad, creyéndole santo. Solicitó con tan fervorosa devoción le cediese el decenario, que la anciana madre no dudó que estaría en buen cuidado siendo su custodio el noble. Y entre las más preciadas posesiones de la familia de los Perero, pasando de primogénito en primogénito, se conserva la alhaja, que es todo lo que más se sabe de ella.

 

FOTO DE CABECERA: Vista del Monasterio de San Francisco el Real de Cáceres.

FUENTES:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

SOTO Y MARNE, fray FRANCISCO DE. Crónica de la Santa Provincia de San Miguel, del Orden, y Regular Observancia de nuestro Padre San Francisco.

 

José Luis Hinojal Santos

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