Cáceres en sus piedras

EL CAÑO DEL SOL

 

“Faltan fuerzas a la alta fantasía;
mas ya mi voluntad y mi deseo
giraban como ruedas que impulsaba
Aquel que mueve el sol y las estrellas.”
(Dante, Divina Comedia, Canto XXXIII, 142-145).

Cuando éramos adolescentes, los amigos íbamos con frecuencia al pilón de san Francisco, al único que quedaba al lado del puente del mismo nombre, porque hacía no mucho que el más grande, el pilón mayor, lo habían llevado al Foro de los Balbos. Nos gustaba pasar la tarde allí, como quien dice sentados en sus piedras y comiendo unas pipas Churruca, cuyas bolsas intentábamos abrir con los dientes, so pena que alguno se dejara algún molar en el intento.

Al pilón este lo llamábamos, ¡el Caño del Sol! Porque así lo habíamos oído a los más viejos del barrio, que no daban muchas explicaciones del porqué del nombre, siquiera que se adivinaba grabada, rodeando el citado caño, alguna figura parecida al Sol. Alrededor de la imaginada estrella, unos dibujos en forma de círculos guardaban una extraña geometría y alguna vez, por aquello de que seguramente se había agotado el hablar de Pirri, Asensi o Ayala, reparábamos en ellos para fantasear ociosa e inútilmente sobre su significado.

Y un poco por guardar respeto a las opiniones de los más atrevidos, que siguen siendo mis amigos de infancia, y otro poco porque la memoria no me da para tanto, no reproduciré las conclusiones que lanzábamos al aire aquellas tardes perdidas en mi recuerdo, mientras escupíamos las cascaras de las pipas Churruca al suelo.

Luego nos hicimos mayores y el pilón Menor o Caño del Sol quedó para asiento de otros. Y el misterio de sus figuras sin respuesta.

* * *

Escuchando a mi antiguo compañero de instituto Agustín Flores, sus arriesgadas pero fundamentadas y sugerentes hipótesis sobre el diseño del urbanismo del Cáceres medieval cristiano y ubicación espacial y simbólica de sus principales templos, dedica un interesante y detallado estudio de interpretación de uno de los monumentos más olvidados del patrimonio cacereño. Fue en mi primera conversación con él cuando surgieron mis recuerdos del Caño del Sol y sus extrañas figuras lo que dio pie a una magistral exposición por su parte sobre cómo había que interpretarlas en el marco del momento en que fueron esculpidas y la visión del Universo aceptada por la Iglesia, una cosmología que situaba la Tierra como centro de todo lo conocido.

Me hubiera gustado que la misma hubiera tenido lugar sentados en el pilón Menor, al lado de la apagada fuente, acompañados de unas churrucas, en mi caso con la misma cara de sorpresa e ignorancia de antaño.

¡He aquí como se desvanece en parte uno de los misterios de mi adolescencia!

Aristóteles habló de un mundo ordenado y armónico, con dos partes diferenciadas: una sublunar, en el centro de todo, cambiante y corruptible, formada por tierra, aire, agua y fuego; otra supralunar, perfecta e inmutable, diría que eterna, dominada por la quinta esencia, el éter. La Tierra en el centro y, por encima, esferas donde encajaban los planetas conocidos en su tiempo, a saber, Luna, Mercurio, Venus, Sol, Marte, Júpiter y Saturno; más allá de este último, un cielo reinado por estrellas fijas.

En todo este galimatías pétreo, confundimos la Tierra con el Sol, de ahí que lo llamáramos Caño del Sol, pues de la esfera central partían lo que nos parecían rayos. Son líneas que nos dirigen a una composición mayor, formada por siete elementos, aquellos siete planetas rodeando el nuestro, centro del Universo.

Y por encima de esta esfera planetaria, me separo de mi inspirador y, por tanto, seguramente de lo más certero. Cuatro esferas más pequeñas (foto que sigue) parecen representar aquel firmamento de estrellas fijas, no la hipótesis que escuché acerca de que representan los cuatro elementos que, según los antiguos, componían todo lo conocible. No lo creo así, porque dichos elementos eran los que constituían la Tierra, mientras que un quinto, el éter, sería el principal en las esferas supralunares, que es donde encontramos estos cuatro puntos.

Sigo entonces por estos otros derroteros para hablar de los últimos símbolos del Caño del Sol, las tres esferas mayores que coronan la piedra…

Esa creencia aristotélica de cielo eterno no era del agrado cristiano medieval. En su dogma central, las cosas no existían desde siempre, sino por la labor de un creador. Por ello, me atrevo a sugerir que, por encima de toda esta representación, más allá de este Cosmos concéntrico, se alzaba el noveno cielo en que se situaba la morada de Dios, el paraíso Empíreo dantesco. Un solo ser en sus tres hipóstasis: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la santísima Trinidad sentándose sobre todo este Mundo, representada por esas tres esferas de la cabecera.

 

NOTA: Esta entrada hubiera sido imposible sin el apreciable y erudito enfoque de Agustín Flores Alcántara, cuyas investigaciones e hipótesis sobre Cáceres, su urbanismo y su simbología no han sido publicadas, aunque, con paciencia, es posible rastrearlas y disfrutarlas en la red. Si bien me he separado, en algún punto, de sus conclusiones, no lo es así en lo trascendental.

 

FOTO DE CABECERA: Pilón Menor de san Francisco o Caño del Sol.

 

FUENTES:

FLORES ALCÁNTARA, AGUSTÍN. Diversas ponencias, especialmente la organizada por la Asociación de Amigos de la Ribera del Marco el 27 de noviembre de 2021: «Armonía de las esferas en el pilar chico de San Francisco, del siglo XIII».

WEB ONLINE CÁCERES AL DETALLE. http://caceresaldetalle.blogspot.com/2015/07/mapa-astrologico-en-una-fuente-de.html

 

José Luis Hinojal Santos

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.