Cáceres en sus piedras

LA PÚDICA MARÍA XIMÉNEZ Y SAN BENITO EL VIEJO

 

Por sabido queda que en el convento de san Benito de Cáceres, hoy convertido a iglesia de un barrio muy a las afueras de la ciudad, se produjeron, en siglos pasados, numerosos milagros y curaciones asombrosas. Buena culpa en ello tuvo san Benito el Viejo, la imagen del venerable titular del cenobio, pues a juicio de muchos era el responsable de aquellos. De uno de los postreros sucesos extraordinarios que se recuerdan del lugar o atribuidos a la mediación del santo dio fe el sacerdote Pablo José Rojo Mediavilla, propio de la iglesia de Santiago y vicario de la villa, quien, entre liturgias, contaba el suceso.

El párroco era hijo de un tal Juan Rojo Mediavilla, escribano de millones y familiar del Santo Oficio, por cuyo motivo era respetado y, en igual medida, temido, pues de su boca habían salido nombres que pasaron por las cárceles secretas de la Inquisición de Llerena; y de María Ximénez Pozasanta, quien sobrevivió a su marido, estando viuda ya en 1731, cuando tenía la mujer 60 años.

A la madre le sobrevinieron, durante el verano, unas peligrosas cuartanas, calenturas o fiebres palúdicas que en la época llevaba a más de uno al camposanto. Por fortuna para ella, a pesar de su virulencia, se lograron frenar, no con poco esfuerzo, bien con los remedios médicos al caso, consistentes en sangrías, purgas, vomitorios, sudoríficos… bien porque acudiera en su desesperanza a remedios más tradicionales y supersticiosos.

Como curiosidad al paso, ahí va una receta de hechiceras y curanderas de la zona:

 

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BEBEDIZO PARA CURAR LAS CUARTANAS
Polvos de testículos de gallo.
Flores de Centaura Menor.
Con las flores de Centaura Menor o Cyanus, cocidas, se obtiene agua de Aciano en la que se disuelven testículos de gallo, secos y hechos polvos.
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Quizá no hiciera falta tanta prevención, pues en la época se hizo famoso en esta población, para vencer a esta endémica y omnipresente enfermedad, el uso del llamado vino del Rin, que se vendía en exclusiva en la botica de los padres del convento de san Gerónimo (hoy conocido como de san Prudencio) de la villa de Talavera de la Reina. La receta de este vino fue robada por un examinador del Protomedicato llamado Francisco Díaz Bote, que, nada más cometer la tropelía, se dio a la fuga y la trajo secretamente a Cáceres, donde ganó sus buenos dineros, comercializándola a hurtadillas en la nueva botica que había abierto un tal Juan de Borrega, para alejar la actividad de los oídos de los frailes talaveranos.

Lo cierto es que, fuera con uno de estos remedios o con mezcla de todos ellos, María Ximénez sanó. Pero como consecuencia de las fuertes fiebres pasadas comenzó a padecer una terrible estragurria (micción dolorosa), que durante cuatro años constituyó para ella un mal agravado. ¡Varias veces recibió los santos sacramentos ante una inminente muerte! Tales eran los intensos e insoportables dolores que le ocasionaba cada vez que se ponía sobre el bacín de porcelana.

Así, todo fue a peor.

Estando la paciente en instancias de pasar definitivamente a mejor vida, juzgó necesario el cirujano que la atendía, Agustín Morgado, palpar e introducir sus dedos, como era costumbre, por el orificio oportuno para explorar la causa del padecimiento. Entendió, como médico y por el hecho de serlo, que la exploración no ofrecería mayor problema, pero doña María, nada más sentirla, dio un buen respingo, adquirió toda ella el color de las amapolas y en lo siguiente ofreció una resistencia poco menos que numantina, pues nada de esto esperaba a sus años. No obstante, pudiera estar en juego su vida, y no le quedó otro remedio que no obstaculizar en exceso el ingrato trabajo.

Reconoció el galeno, entonces, una gran dureza, sin distinguir si era piedra, cirro u otra especie de tumor. Era notorio que la dolencia iba a más; lo que fuera llevaba implícito el peligro de una inminente muerte. Sometió a la opinión de la familia la necesidad de operar y abrir más el conducto. Pero la paciente no accedió a más que lo que había consentido de mala gana: se opuso enérgicamente, contraria a que se manipulasen más sus vergüenzas.

Decidió, entonces, María Ximénez encomendarse a san Benito el Viejo para que la librara de este lance si así lo estimara conveniente; y si no, morir en paz

‘ y decencia, a su juicio.

En una mejoría en que pudo levantarse, siquiera con bastante molestia, de la cama, tomó el orinal. Era cosa de las diez de la mañana del 31 de diciembre cuando, sentada en el mismo, gritó, encomendándose al Viejo, es decir, a la imagen de san Benito con la que hemos empezado su historia:

– ¡Alíviame, padre, este daño! – seguido de fuerzas, bramidos de enajenada y abominaciones de todo tipo.

Y al rato, arrojó una piedra con la figura de una calabaza, del tamaño del huevo de una gallina, de unas dos onzas de peso. Con trabajo, con dolor, pero sin someterse a vergüenza alguna.

Sanó por completo y ella, agradecida por el beneficio, de su propio pie y ánimo llevó la piedra al convento de san Benito, donde se mantuvo en exposición durante décadas, como testimonio del milagro.

 

FOTO DE CABECERA: Iglesia (antiguo convento) de san Benito de Cáceres.

FUENTES:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

MECOLAETA, fray DIEGO. Vida y milagros del glorioso patriarca de los monjes San Benito. Libro II.

YEPES, fray ANTONIO DE. Crónica general de la Orden de San Benito, patriarca de religiosos, en que se trata su vida, y de sus discípulos, y los monasterios, que se han ido fundando en el mundo, y varones insignes, que en ellos han habido.

 

José Luis Hinojal Santos

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