Cáceres en sus piedras

LAS CENIZAS DE LA COCINA SANTA DE VALVANERA

 

A mediados del siglo XVII era tal la devoción que en Cáceres suscitó la imagen de Nuestra Señora de Valvanera, que se decía que cuando los remedios aplicados por los médicos de la villa no surtían efecto, éstos aconsejaban a los familiares de sus pacientes que pidieran favor a aquella virgen, a través de la ceniza de la cocina santa traída de su santuario, levantado desde tiempos muy lejanos en los valles de la sierra de la Demanda, en la Rioja.

La tradición benedictina asegura que san Atanasio, obispo de Alejandría en el siglo IV, huyendo de la furia de los arrianos vino a España y se refugió en el monasterio de Valvanera. Empleó su estancia en servir a la Virgen asistiendo a los muchos peregrinos y devotos que acudían a su templo, aderezando la comida que se les ofrecía y manteniéndoles caliente el hogar. Siéndole preciso gastar mucho tiempo en desocupar la chimenea de la cocina, por la gran porción de ceniza que dejaba la numerosa leña, y que este trabajo le privaba de ejecutar otros ministerios, suplicó a Nuestra Señora remediase esta necesidad.

Este fue el origen del prodigio que desde aquellas oraciones se produjo de continuo en la cocina, ganando reputación de santa, pues por más materia que consumía su fuego, no se hacía más ceniza que la suficiente para cubrir la brasa que quedaba y la necesaria para volver a encender más leña; y por los milagros que comenzaron a florecer por causa de dicha ceniza.

 

 

En la villa de Cáceres tuvieron noticia de los prodigios que mediaba la Virgen de Valvanera, después de que obrase un milagro en la persona de doña Inés Cotrina, quien, siendo doncella en 1649, adoleció del mal de las pintas, nombre popular que recibía el tabardillo o tifus. Esta enfermedad consistía en unas altas y perstinaces fiebres que iban dejando su huella en la piel en forma de manchas pequeñas y granillos morados, y que llevaban a la persona a manifestar delirios y a la postración, acabando, con cierta frecuencia en aquella época, en la muerte del enfermo.

Éste, y no otro, parecía el destino de Inés. Sin ninguna esperanza de vida y recuperación, fue desahuciada por los médicos de la villa. Los padres, desesperados ante la fatalidad del inminente óbito, gozaban de la consideración de hidalgos, y por tal motivo guardaban relación con un caballero llamado don Francisco de Guerra.

– Señor: nuestra hija muere por culpa de las malditas pintas. Nuestras últimas esperanzas pasan por vos.

– Lamento el fatal destino de la niña, pero ¿qué puedo hacer yo? No dudéis que lo que estuviera en mi mano, lo haría de corazón, mas me temo que esta solicitud escapa de mis posibilidades.

Le pidieron que les auxiliase en tan triste momento, encomendándole que, dada su mucha devoción por la Virgen de Valvanera, de cuyo santuario era muy afecto, trajese de aquellos lejanos lugares una imagen de Nuestra Señora y ceniza de la cocina santa, de la que habían oído decir que era milagrosa.

Presto tomó camino el noble para atender esta petición de socorro de sus amigos.

Vuelto a la villa con el encargo, dieron de beber los polvos, de la manera que era tradición, a la exánime doncella quien, al instante, recobró entera y perfecta salud. Todos los presentes reconocieron asombrados la obra de la Virgen en la insólita y refulgente mejoría, y dieron fe del milagro.

Pocos años después, una cacereña llamada Inés de Jesús regresó de una peregrinacióin al santuario portando en la faltriquera varias onzas de ceniza de la cocina santa e imágenes y una medida de la Virgen de Valvanera. Rápida circuló esta feliz nueva por la villa, y como en el recuerdo de muchos aún estaba presente lo sucedido a doña Inés de Cotrina, los enfermos, cuando los médicos se declaraban impotentes para curar sus dolencias, comenzaron a solicitar a aquella devota mujer bebedizos elaborados con las dichas cenizas.

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FUENTE:

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

SYLVA Y PACHECO, fray DIEGO DE. Historia de la Imagen Sagrada de Maria Santissima de Valvanera, en el oriente de su hermosura en los montes distercios, y eclypse de sus luces en un roble hasta la plenitud de su candor en la aurora, que se descubrio en su hallazgo.

 

José Luis Hinojal Santos

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