Cáceres en sus piedras

ESTERILIDAD Y GESTACIÓN I

 

Pasado un tiempo prudencial después del casamiento, si no llegaba el deseado embarazo la mujer cacereña se hacía una sencilla prueba que, según la tradición, marcaba si era fecunda o estéril.

‘ Untaba los dedos con su propia saliva y luego

‘ se humedecía con ellos la parte superior de los párpados.

Tras unos nerviosos segundos, minutos en el corazón de la desdichada, pudiera ser que sus párpados se secaran rápidamente. ¡Buena señal! Cuestión de esperar mejor fortuna. O pudiera que permaneciesen húmedos más de lo esperado. Entonces parecía confirmarse la horrible sospecha:

¡Se era estéril!

La esterilidad se consideraba como un castigo del cielo, una especie de condena divina que azotaba a la mujer, debido a la firme creencia de que su origen residía únicamente en ella: la obesidad, el calor, la humedad, una desproporción de los órganos genitales…

¡En fin! Según el entender popular y de la Iglesia, la culpabilidad, y con ella la murmuración, el descrédito y el repudio, caía inevitablemente en el lado femenino, fuera por la causa que fuese, y a ella correspondía buscar solución, pues su tarea conyugal era asegurar la descendencia. Si las sospechas se dirigían, no obstante, al hombre, que pudiera ser, era sin duda por ser víctima de los efectos de un sortilegio.

Entre la puesta y la salida del Sol, se diría que mojados aún los párpados, la supuesta condenada con la desgracia acudía cántaro en mano a las fuentes que circundaban la villa de Cáceres. Grifos de manantiales había numerosos, pero el viejo ritual, conocido por boca de madres y abuelas, exigía que el líquido debía obtenerse en cantidad suficiente de tres distintos, y más tarde mezclar las aguas. Las mañanas siguientes, levantando el alba y en ayunas, se bebía un sorbo del sencillo mejunje y, de este modo, se remediaba el problema.

Otras preferían lavarse los pechos y el vientre con este agua, a la que añadían, para mejorar la virtud del remedio, unas gotas de la cera derretida de la vela de las tinieblas. Esta candela se llamaba así por ser la última que se mantenía encendida durante el oficio del Viernes Santo en las iglesias, y que ocupaba la cúspide de un candelabro para quince que recibía el nombre de tenebrario. Durante dicha misa, que se celebraba al oscurecer, esta era la única iluminación que se permitía, y se dejaban consumir las quince velas mientras iban sucediéndose los salmos a medida que la oscuridad ganaba presencia. La de tiniebras era la última en apagarse y, tras ella, el templo finalmente quedaba en tinieblas. Sus despojos, es decir, la cera derretida, era recogida con un cazo y se guardaba para diversos asuntos, entre los que constaba la cura de la esterilidad femenina.

Bien entrado en siglo XIX se popularizaron las medallas de la Milagrosa, que comenzaron a acuñarse en recuerdo de las apariciones de la Virgen a una niña parisina en 1830. Así, en el agua, en lugar de aquella cera que constituía un bien escaso y difícil de obtener, se ponía en remojo uno de estos colgantes, y pronto surgió la creencia de que quienes los llevaran luego puesto recibirían grandes gracias, entre las que se hallaba la deseada fertilidad.

También era frecuente que la casada yerma acudiera a cualquiera de las cuatro parroquias de la vieja villa un domingo y tras la misa mayor hacerse de agua bendita. Más tarde, en la intimidad del hogar, desnudaba su vientre y con los dedos mojados con el líquido dibujaba la señal de la cruz sobre él, mientras pronunciaba en alto y con devoción, tantas veces como fueran las cruces:

– ¡Jesús!

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Foto de cabecera: Fuente de la Madrila.

 

Fuentes:

Consultar la última entrada de cinco de la serie Esterilidad y Gestación en la vieja villa de Cáceres.

 

José Luis Hinojal Santos

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