Cáceres en sus piedras

REMEDIOS DE GRAN VIRTUD. ESTERILIDAD Y GESTACIÓN II

 

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Retomemos el relato tal como lo dejamos en la primera parte de estas entradas dedicadas a remedios y vivencias en torno a la esterilidad y gestación en la vieja villa de Cáceres. Veamos:

 

Un domingo, la mujer se pone sobre la cabeza una mantellina blanca de media luna y espera el final de la misa mayor para solicitar del párroco un cuartillo de agua bendita. Luego, en la soledad del hogar, aprovechando que el hombre sale a tomar unos vinos con quien se tercie alrededor de una damajuana, la mujer introduce los dedos índice y corazón de la mano derecha en la benditera donde ha vertido el agua y dibuja la señal de la cruz en su vientre desnudo.

Según lo hace, pronuncia en alto:

– ¡Jesús!

Vuelve a mojar los dedos y santigua de nuevo el lugar, repitiendo:

– ¡Jesús!

Y así cuantas veces le dicta la paciencia o el deseo. Aquella noche confía en el remedio,

‘mientras el olor a sudor y vino la envuelve.

 

La escena parece costumbrista. Bien pudo ser que sucediera en más de una ocasión, pues era el remedio más socorrido y sencillo para estos asuntos. Pero también se conocieron otros.

De haber posibilidad, se acudía a la intervención de algún santo, como las oraciones, limosnas y rogativas que se ofrecían a san Ramón Nonato, o de un santero o milagrero de la época, como el caso de la noble Francisca de Carvajal, cuyo marido, Alonso de Perero, luego que el matrimonio lo intentara por varios años, quiso que tomara conocimiento y asunto de su falta de descendencia el conocido fray Juan de San Diego, fraile del convento de san Francisco. A mediados del siglo XVII, eran vox populi los milagros y profecías de este prodigioso personaje, quien, no obstante, a fechas de la petición de aquellos se hallaba ya fuera de la villa, camino a Jerusalén. Aún así, antes de embarcarse hacia su destino, tuvo tiempo de mandar a don Alonso una carta con las siguientes palabras premonitorias:

– Don Alonso, paréceme que tendrá legítimo sucesor de su casa, que se llamará don Francisco. Y espero en Dios le dará dos hijos, que se llamarán doña Beatriz y doña Cecilia.

Palabras que, se confiar en la crónica, surtieron efecto.

 

 

También cabía la posibilidad de dejar la suerte en manos de amuletos, con la esperanza de que obraran el hechizo. El más socorrido fue la bulla.

El origen de las bullas se pierde en tiempos de los romanos, y en la antigüedad su destino era proteger a los recién nacidos de los espíritus malignos. Siglos después, las mujeres de la villa de Cáceres y de las tierras a ambas orillas del río Tajo, dieron utilidad a estos fetiches para ser fértiles. Consistían en unas pequeñas bolsitas de cuero que se colgaban al cuello; en su interior se introducían objetos varios, reputados por la tradición como beneficiosos para el asunto que concernían:

Trozos de camisa de culebra.

Pedazos de tela manchada en sangre de toro.

Dientes de ajo.

Cinta santa…

Si todo fallaba, siempre quedaba el gran remedio cacereño para curar la esterilidad: el Bilma Madrera. Para conocerlo y ponerlo en valor para quien pudiera necesitarlo, hablaré de él en una tercera entrada, con dedicación exclusiva.

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Foto cabecera: Pórtico de la ermita de santa Ana. Tomada de Hoy.es

 

Fuentes:

Consultar la última entrada de cinco de la serie Esterilidad y Gestación en la vieja villa de Cáceres.

 

José Luis Hinojal Santos

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