Cáceres en sus piedras

AHORCADOS Y AULLONES

 

– Padre: ¿qué son esos aullidos que se escuchan?

Por el vano abierto de la habitación, el viento amenaza con apagar la cimbreante lumbre de la vela, moviendo las sombras que se proyectan en las paredes. Trae con él un lejano y terrible grito a modo de lamento y de súplica.

– Son… -sopesa con cuidado lo que responderá- de almas en pena, condenadas por el mal que hicieron en vida.

– ¡Tengo miedo!

– Debes tenerlo, pero solo sin andas de noche por esas calles oscuras que nada bueno cobijan… Debes dormir si no quieres que vengan por ti.

– ¿Qué son? ¿Fantasmas?

– Son aullones -responde el padre algo nervioso, pues a su vez recuerda, cuando pequeño, lo que se contaba en los copiosos corrillos que se formaban en verano a la llegada de la noche. Con el fresco de las avanzadas horas muchos vecinos cargaban silla al hombro y asentaban sus reales en la calle, delante de las puertas de las casas, donde se iniciaban poco a poco conversaciones con las nuevas traídas de la dura y soleada jornada y poco a poco ganaban las ganas de disfrutar de unos minutos de rumores, chascarrillos y cualquier exageración que se terciase al hilo…

En ellos se contaba que a los ahorcados en la plaza Mayor que morían en paz con Dios y con sus conciencias, por la tarde los vestían con el hábito de san Francisco a modo de mortaja y los enterraban en el cementerio parroquial de la iglesia de Santiago. Pero había quienes aun en esas horas dramáticas no renegaban de sus hechos y crímenes, ni querían saber de misas que se celebraran en la ermita de la Paz mientras la soga apretaba sus cuellos. No compraban bulas de difunto o cualquier otra cosa que oliese a comulgo.

Algunos ajusticiados eran arrastrados ya cadáveres, sujetos en serones de esparto tirados por mulas, por las calles principales de la villa, para que quedara grabado en las mentes de las gentes el castigo ejemplarizante. A su paso los sencillos se persignaban… y el horror y la pena duraba algún tiempo.

Al caer la tarde, el amasijo de carne y huesos era echado de cualquier manera, embutidos aún en la destrozada túnica blanca con la que fueron ejecutados, en las fosas abiertas ex profeso para ellos en el Corralino, un terreno frontero a aquel camposanto, fuera de sagrado.

Sus historias y crímenes, truculentos y horribles, y la infamia que habían vivido el último día de sus vidas, eran alimento de murmuraciones y exageraciones, negándoles cualquier clemencia y piedad incluso después de muertos. Se decía, y con ello se aterraba a niños e ingenuos, que en las noches siguientes a la ejecución,

‘ los ahorcados se levantaban de sus tumbas,

‘ sin mover siquiera la tierra de los túmulos,

‘ vestidos en sus blancas y sucias túnicas.

Y vagaban como almas en pena por las tortuosas, solitarias y lúgubres callejuelas intramuros, llenando su silencio con horribles y sobrecogedores aullidos que helaban la sangre de aquellos que los escuchaban.

Todos contaban haberlos escuchado alguna vez. Incluso algunos aseguraban haber sentido su presencia en tales ocasiones y haber huido despavoridos ante la visión de estos espantos.

El tiempo de los aullones terminó con los primeros faroles que alumbraron esas calles a la anochecida y con los encargados de mantener las velas públicas encendidas. Sus relatos fueron cambiando y quedaron como una leyenda que se contaba por las noches a los niños,

‘ para que dejasen sus juegos,

‘ y fueran a acostarse a hora temprana,

‘ so pena que viniera por ellos un aullón o una fea marimanta.

 

Una fea amortajada
en su sábana de lino,
a lo difunto se muestra
Marimanta de los niños.
– Extrato de un romance de Francisco de Quevedo –

 

FOTO DE CABECERA: Calle Manga de Cáceres.

José Luis Hinojal Santos

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