Cáceres en sus piedras

TE LAS DOY PERO SON MALDADAS I

 

De la casa palaciega de los Aldana, en el corazón de la villa intramuros, sobrevive en el exterior, como abandonado a un destino que se perdió en cualquier rincón del pasado, el lucido escudo del linaje, poco recuerdo para ser, hace siglos, su casa madre en Cáceres. Señorea, no obstante la aparente soledad que transmite su encuentro,  lo alto de la cegada fachada y desde el puesto tan elevado que le confiere asimismo lo empinado del sitio, la calle que lleva el nombre de esta familia.

Cinco flores de lis engalanan el blasón. Pareciera una soflama de la vieja leyenda que les dio fama y posición en el reino de León y en estas sus tierras del sur. Cinco flores de lis que guardan, todas y cada una, la añeja y señorial historia de cómo fueron ganadas para ensalzar el apellido Aldana.

Primera flor de lis…

Cuenta que el más esforzado de este nombre, Hernán Pérez de Aldana, adoleció de una grave e incapacitante enfermedad que le dejó postrado en cama, enjaulado según el parecer de su intrépido carácter entre las cuatro paredes de sus aposentos. Los días se hicieron eternos en aquella novedosa y odiada inactividad, e iban dejando un visible rastro no sólo en su ánimo, sino también en su aspecto, deteriorado y envejecido por el necesario reposo.

Quiso, pues, acelerar su recuperación, y así consideró afortunado consejo, entre los muchos que recibió con desgana y desilusión, el que tomara durante algún tiempo los aires del monasterio de Montserrat, en las lejanas montañas catalanas.

Sin dudarlo, y a pesar de las dificultades que entrañaba el largo y duro viaje para su estado, allá peregrinó para lograr vencer sus dolencias.

Segunda flor de lis…

Con la provisionalidad que confería el nuevo enclave, el caballero pasaba las jornadas impacientado, postrado en la camilla que calentaba su cuerpo, mientras sus criados la portaban por los alrededores o por el interior del santuario, al que acudía para atender los servicios religiosos y solicitar el beneficio de la virgen de aquellos pagos.

Cierto día, estando en tal disposición, un joven, en la plenitud de la insolencia, se subió al camastro sin obrar palabra ni permiso. Quizá desde esa nueva altura pudiera observar mejor por encima del gentío que se concentraba en la iglesia. La situación era una afrenta, por lo indecoroso e indigno, y llevó a Aldana a pedir respeto para su persona, posición y estado. No obstante la justa petición, aquel persistió en su actitud e incluso la elevó a irreverencia ignorando la insistencia del enfermo, que derivó, a falta de combatirlo de forma más apropiada a su gusto, en airados y certeros insultos a la hombría y nobleza del infame.

La muchedumbre formó tumulto alrededor de la trifulca y el joven, evitando ponerse en evidencia ante una multitud de ojos expectantes, bajó de la camilla y abandonó el lugar, brandiendo un puño amenazador y proferiendo una frase que resonó alejada en los oídos de Hernán Pérez:

– Si supierais con quien estáis hablando…

 

FOTO CABECERA: Escudo de la familia Aldana en la calle del mismo nombre.

 

 

José Luis Hinojal Santos

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