Cáceres en sus piedras

EL CORAZÓN DE PIEDRA II

 

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II

Sor Mariana permanecía despierta, esperando que pasara la hora de Completas, momento en que el silencio y el recogimiento de sus hermanas, ordenado por la regla de la orden, envolviese el interior del convento y nadie anduviese por sus pasillos y claustro. Se levantó pesadamente del catre, cogió la vela que estaba encendida al lado y salió despacio y con cautela de la habitación.

Todas las noches acudía a la iglesia conventual de santa Clara, forzando a sus pies a marcar cada paso con prudencia, sujetos como estaban sus tobillos por unas cuerdas fuertemente atadas que la atormentaban al andar. Parecía la procesión de su martirio, un camino a modo de pasión con la luz del cirio señalando un estrecho círculo de luz que se desplazaba lentamente reptando por las losas frías del cenobio y diseñando sombras espectrales que acompañaban a la figura enjuta y torcida de la anciana monja.

Si alguna religiosa saliera de su celda, la imagen que vería la llenaría ciertamente de espanto. Vestida de una sencilla y vieja túnica de estameña marcada por el uso y manchas indisimuladas de sangre seca, se ofrecía un cuerpo lastimado y endurecido por años de duras disciplinas. Causaba asombro al resto de la congregación el que su sufrimiento solo se atisbase en alguna mueca aislada que reflejara el dolor que debían causarle las numerosas llagas o las nuevas punzantes heridas que le producían los cilicios que, debajo de la túnica, rodeaban su piel con alambres de finas y afiladas púas adheridas a la carne como fieras que no soltaban su presa. En el pecho sobresalía un corazón lleno de agujas, y en la espalda una cruz con idéntico tormento, unidos ambos mediante cordeles ajustados a su garganta, para que tiraran de ambas mortificaciones a cualquier movimiento. A sus setenta años, soportaba el tremendo castigo al que sometía su cuerpo con un amor y devoción sin límites,

‘ sin ceder un ápice,

‘ sin quejarse,

‘ dando gracias a su Señor.

Aquella noche, entró en el templo y llegó, como costumbre, a los pies del altar, donde se postró, venciendo unos primeros momentos en que más le golpearon la humedad y el frío que presidían el oscuro recinto. De los pliegues del hábito sacó, con cuidado y el cariño que confería una fiel y omnipresente acompañante de vida, una estampa del Cristo de la Biemparada, envejecida y agrietada por el tiempo, con los bordes deteriorados y el dibujo siquiera adivinándose en el veteado de dobleces. La besó, cediendo a unos segundos de sensaciones y recuerdos almibarados por el paso de los años. Luego la colocó delante suya, en el suelo, a un palmo de sí.

Levantó los ojos hacia el sagrario que presidía el modesto altar unos metros delante de ella. Medio siglo atrás, nada más pronunciar los votos solemnes de castidad, obediencia y sin propio de la regla e iniciar su renuncia al mundo, dejó atrás a Leonor Bravo Berrocal; en adelante sería sor Mariana de la Presentación. Pero la niña aún palpitaba en aquellos años y no pudo evitar la fascinación que le provocaba el contenido de aquel sagrario, donde estaba depositado el cráneo de una de las once mil vírgenes de las que hablaban los libros leídos en su infancia.

A sor Mariana, día tras día, durante un momento en que sus rezos se hacían débiles y autómatas, le asaltaban imágenes idealizadas del viaje de la princesa Úrsula a Roma, en compañía de aquel inimaginable número de doncellas, un relato en el que creía ciegamente y le había inspirado en ocasiones de desasosiego. A su regreso a Inglaterra, fueron capturadas por el ejército de Atila y torturadas hasta la muerte por negarse a que su virginidad se ofreciera como una recompensa para los soldados.

 

Según la tradición, las once mil vírgenes fueron mártires cristianas inglesas que en el siglo V acompañaron a la princesa Úrsula en su viaje a Roma. A su regreso, todas fueron capturadas por los ejércitos de Atila y cruelmente torturadas hasta la muerte por negarse a ofrecer su virginidad a los soldados. Pasados los siglos, sus reliquias se repartieron llegando una a Cáceres. En un documento de 922, se encontró, en referencia a santa Úrsula y sus compañeras, la siguiente mención latina: “Dei et sanctas Mariae ac ipsarum XI m virginum”. “XI m virginum” fue traducido por once mil vírgenes, en lugar de once mártires vírgenes, que era el número histórico de la comitiva de mujeres.

 

Era magnífico que lo que quedaba de una de ellas estuviera a solo unos metros, guardada en aquel sagrario. Un noble cacereño, don Fernando de Aldana, caballero de la orden de san Juan de Jerusalén, lo había adquirido años atrás en una de sus peregrinaciones, para luego donarlo al convento. Todas sabían que estaba allí, pero habían relegado la reliquia al polvoriento desván de sus recuerdos…

Salvo en la crepitante Leonor que anidaba en el más profundo y tierno interior de sor Mariana. Las once mil vírgenes había sido lectura y devoción desde niña, y nunca hubiera imaginado que se postraría los últimos años de su vida delante de la reliquia de una de ellas.

Solo después de despejar su mente,

‘ inició unos rezos que terminaron por abstraerla por completo del mundo.

Más allá de ellos, en rededor silencio.

 

José Luis Hinojal Santos

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