Cáceres en sus piedras

EL DEMONIO TENTADOR (EL CORAZÓN DE PIEDRA III)

 

(Toma el hilo desde el principio pulsando aquí)

III

El suave y cadencioso susurro procedente de las oraciones de sor Mariana rompía la apabullante mudez que la rodeaba, y llegaba a las paredes de la iglesia conventual de santa Clara. De ellas, rebotaba formando un murmullo que alentaba la sensación de paz y recogimiento que buscaba la monja.

Solo, de vez en cuando, unas intrusivas y desconcertantes imágenes procedentes de sus recuerdos le hacían abandonar el letargo en que le sumía la visión de la estampa del santo o del sagrario que aparecía frente a ella nada más levantara la mirada. Recordaba encontrarse en el centro de su celda aquel día en que, del rincón más oscuro y apartado, fue tomando forma desde la nada una enorme y espantosa serpiente, que fue creciendo, amenazando con ocupar casi toda la habitación. Levantaba amenazante la cola que devino en un duro látigo con que castigaba su cuerpo, intentando en vano engullirla. Ante el peligro, no dudó entonces en que la mano del demonio estaba detrás, y depositó su confianza en las oraciones.

– Señora mía, Virgen Santísima, como el Padre eterno por ser omnipotente os hizo poderosísima, así os suplico me hagáis el favor en la hora de la muerte de asistirme con vuestra presencia, apartando de mí los poderes inmortales.

Tal denuedo puso en estas palabras que socavó las intenciones de aquel ser y lo hizo desaparecer.

En estas sensaciones se hallaba, con las oraciones brotando automáticamente de sus labios, cuando escuchó unos extraños sonidos procedentes del fondo del templo. Interrumpió de inmediato sus rezos y se volvió sin cuidado. Notó, en el movimiento, que el corazón con agujas de su cilicio se clavaba aún más en el pecho, desgarrando trozos de piel. Finos hilos de sangre empezaron a brotar de las nuevas heridas.

El trepidante temblor de las losas que señalaban una vieja sepultura, causante del fuerte ruido, dio paso a una poderosa luz que emergió desde su interior. Fue conformando la lujuriosa figura de un hombre desnudo, con todas sus partes expuestas y apremiantes. Aquel ser comenzó a contornearse de forma insinuante, bailando lentamente una macabra y lasciva danza mientras sus ojos, ardientes y profundos, no se separaban de los de sor Mariana.

Tras el horror del primer momento, lejos de rendirse a los placeres que insinuaba aquel demonio, la monja volvió su vista hacia el Sagrario y prosiguió con sus interrumpidas oraciones, recitándolas con mayor empeño, si bien sentía cómo los pinchos de los cilicios, clavados y confundidos en su carne, se revolvían para causarle mayor daño. Sintió cerca el calor de aquel cuerpo, el roce de una respiración jadeante. Giró la mujer de nuevo la cabeza. Aquella carne

‘ se retorcía despacio, segura,

‘ diseñaba gestos obscenos en el aire,

‘ le alentaba el deseo.

Sor Mariana no cedió. Con pasión, espoleada además por el pudor, clamó:

–  Señora mía, Virgen Santísima, como el Padre eterno por ser omnipotente…

Obligado por las palabras que brotaban firmes de las oraciones, el monstruo cesó en su tentación, volvió sobre sus pasos, esta vez retorciéndose malamente y se desvaneció bajo la sepultura de la que había surgido.

José Luis Hinojal Santos

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.