Cáceres en sus piedras

UNA COHORTE DE DEMONIOS (EL CORAZÓN DE PIEDRA IV)

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IV

El lance que sor Mariana tuvo aquel día con el demonio dentro del templo conventual, y que sus ojos contemplasen aquella imagen que lo presentaba como un hombre desnudo invitando a la lascivia, supuso una prueba que, en sus pensamientos, pareció socavar su fe. Redobló el daño que cotidianamente le infringía el punzante cilicio que recorría su cuerpo, ajustándolo aún más sobre su anciana piel. Creyó que, en tanto tiempo, su cuerpo se había acostumbrado al dolor, como si se hubiera convertido este en un pusilánime compañero de vida. Habían pasado algo más de cincuenta años desde que decidió vivir más estrechamente unida a su Señor en aquel humilde cenobio.

Intensificó igualmente sus rezos, con mayor ánimo y devoción, si ello era posible. Cuando sus quehaceres cotidianos de la vida lo permitían, no dudaba: acudía al coro de la iglesia a orar, esperando sin miedo que otra vez volviera a ponerla a prueba aquel demonio. Y más veces se le presentó el maldito en tanto se acercaba su hora de abandonar este mundo.

1750.

Presentía cerca su hora. No la embargaba ningún sentimiento, desprovista de emoción, ni miedo ni alegría. Tampoco dudas. Tenía confianza. Una vida de rezos hacían tenerla, a pesar de la constante presencia del demonio entre aquellas frías y húmedas paredes que eran su hogar y escenario de su deseada mortificación.

El ritual de todas las noches. Ella, el altar, la oscuridad. A veces, el demonio…

Una noche, sus pensamientos viajaron a cuando tenía once años. Hincada de rodillas, escuchando el sonido de las avemarías, ante un pequeño cofre de madera revestido de oro, comenzando sus rezos. Un inicio que, desde entonces todos los días de todos sus años, era el prólogo de su personal y devota liturgia.

– Señora mía, Virgen santísima. Como el Padre eterno, por ser omnipotente, os hizo poderosísima, así os suplico me hagáis favor en la hora de la muerte de asistirme con vuestra presencia, apartando de mí los poderes infernales.

El añoso recuerdo proseguía con lo que sucedió a continuación, grabado cálidamente en su memoria. Acabadas de pronunciar esas palabras, del techo de su habitación surgió una luz que descendió como un haz suave hasta encontrarse con el cofrecillo. Tras un instante, del objeto irradió, en forma de estallido, un tremendo destello que amenazó abrasar todo el aposento, si bien penetró en el cuerpo de Leonor Bravo como una caricia.

Esta evocación fue dejando paso a la rutina de oraciones. En cuanto las terminó, sor Mariana inició lenta y fatigosamente el camino hacia su celda. Todo había transcurrido sin más novedad que el amago de nostalgia del principio. El silencio envolvía su persona, los pasillos del convento.

Pero, de la nada, surgió abruptamente una hueste de demonios, de aspectos terribles en sus grotescas y deformadas muecas. Iban arrastrándose, saltando, bailando en una especie de orgía siniestra. Se posicionaron tras ella, haciendo sonar campanillas de muerte y gritándole toda suerte de ultrajes e insultos, componiendo ademanes lascivos.

– ¡Sucia!

– ¡Perra!

Al llegar a su aposento, con los cilicios descarnando su piel provocándole un inconmensurable dolor. Cerró la puerta, dejándolos fuera aún vociferando. Pero cuál fue su sorpresa que dentro esperaba uno más espantoso, de un profundo negro que semejaba el vacío. Llevaba consigo un fabuloso arco, con el que comenzó a enviar flechas cargadas de mal a la religiosa. El dolor de cada una de aquellas saetas era real, laceraban su debilitado cuerpo, haciendo más presentes los cilicios que lo cubrían.

Del trance se adivinó que había salido gravemente enferma. Pareciendo, a su juicio, ignorar todo el episodio y el estado deplorable de la monja, el Cristo de la Biemparada de la estampa a la que ahora miraba, se le apareció y le solicitó su total entrega. La anciana mujer le contestó humildemente:

– Nada he hecho. Nada hago. Nada soy. Para nada valgo.

Compungido, el nazareno le solicitó, como última muestra de devoción, una alhaja, a lo que aquella volvió a responder con humildad:

– Señor: todas las cosas de este mundo he renunciado por tu amor. ¡Todo! Y además os he ofrecido por entero mis sentidos y potencias; pero hoy hago nueva entrega de mi corazón. ¡Ya no quiero corazón, Señor!

Con gran dolor, la monja arrojó por sus partes una piedra del tamaño de un garbanzo, con la figura perfecta de

‘ ¡Un corazón!

Un corazón de piedra.

 

“Murió la Sª. Dª. Mariana de la Presentación, natural de la villa de Cazeres, día 24 de marzo de este año de 1751, de edad de 74 años, y de religión 53. Fue su vida muy exemplar y de muy Alto Grado de Contemplación, en mortificación fue austerísima, en lo exterior muy recatada, en lo interior muy iluminada; padeció 30 años mal de piedra; en 28 años continuos la purificó el Señor con adversidad de enfermedades, continuos dolores, desolaciones terribles. Se predicaron tres sermones en sus honras, declarando en ellos sus muy esclarecidas virtudes y favores que recibió del Señor. Sea por siempre alabada la infinita bondad”.
Anotación en el
Libro de Entradas, Profesiones y Fallecimientos del convento de santa Clara de la villa de Cáceres.

 

FOTO DE CABECERA: Convento de santa Clara de Cáceres.

 

FUENTES:

GONZÁLEZ PORTILLO, fray PEDRO; CORTÉS, fray FRANCISCO; GAGO, fray PEDRO. Sagradas declamaciones funebres panegyricas, en las solemnes exequias, que se hicieron los dias 7, 8 y 9 de Junio, del año passado, en el Religiosísimo Convento de la gloriosa Madre Santa Clara, de la muy Noble, Antiquissima y Leal Villa de Cazeres, a las Gloriosas e Inmortales memorias de la Venerable Señora, Sor Mariana de la Presentación, Religiosa de dicho Convento.

HINOJAL SANTOS, JOSÉ LUIS. Magia y superstición en la vieja villa de Cáceres.

MUÑOZ DE SAN PEDRO, MIGUEL. Sor Mariana de la Presentación. Ejemplar clarisa cacereña.

 

José Luis Hinojal Santos

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